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Fuente: www.aragondigital.es, Lunes 16 de enero de 2012.

JavoierLoren

Tribuna Digital

Los huertos urbanos

El hombre aprendió a recoger los frutos de la tierra que le servían de alimento en el paleolítico. En el neolítico, descubrió que podía recoger las semillas para sembrarlas y obtener nuevas cosechas, iniciándose la sedentarización y la creación de pequeños núcleos rurales. Con la producción, comenzaron a generarse excedentes de cosechas y, con ello, surgió el intercambio y el nacimiento de las clases sociales.

El desarrollo de la agricultura también contribuyó a que la horticultura mejorase con el paso del tiempo. Los potentados romanos consideraban a las hortalizas el alimento de los pobres, al mismo tiempo que su cultivo era para ellos un elemento de entretenimiento. Actualmente, las frutas y verduras, por sus cualidades relacionadas con la salud y su variedad en cuanto a sabores, aromas, texturas, etc., forman parte de nuestra dieta, de esta magnífica dieta mediterránea que nos hemos dado y que algunos han olvidado en beneficio de otras menos saludables.

Tradicionalmente en los pueblos, muchos de nuestros abuelos, tenían huertos en sus mejores parcelas para proveer de frutas y verduras a la familia. Con las sobras, solían alimentar a los animales del corral, que aportaban productos cárnicos, huevos y leche. Con el desarrollo industrial, las ciudades comenzaron a expansionarse, alejándose cada vez más las tierras de huerta de los núcleos de viviendas, iniciándose una senda de pérdida de una relación ancestral entre el hombre y la naturaleza.

Este desarrollo produjo la necesidad de crear espacios verdes en las ciudades. Así, sobre todo a partir del S. XIX, aparecieron parques y jardines públicos relevantes en muchas ciudades, algunos de maravilloso diseño como el Central Park de Nueva York. Ya en los inicios del XX, parques como el de María Luisa de Sevilla, el Parque Güell de Barcelona, o el de Labordeta de Zaragoza pudieron ser disfrutados por todos los ciudadanos.

El desarrollo de espacios verdes en España no estuvo acompañado de la creación de huertos urbanos hasta finales del S. XX. Durante décadas, se fueron perdiendo las huertas tradicionales como consecuencia del implacable crecimiento de las ciudades. Sin embargo, en otros países como Inglaterra o Alemania, se produjo un intenso desarrollo de los huertos urbanos desde la primera mitad del S. XX.

A finales del XX, pero sobre todo en los inicios del XXI, surge con fuerza el deseo de algunos ciudadanos de poseer una pequeña parcela donde cultivar hortalizas y algunas plantas ornamentales. Así, unos cultivan sus propias parcelas; otros en huertos sociales o privados para colectivos, e incluso algunos en macetas en terrazas y balcones. A quienes cultivan sus hortalizas, les produce gran satisfacción degustar los frutos, hojas, flores o raíces en el momento óptimo de recolección, cuando se ensalzan los sabores, aromas, texturas y colores. Por otra parte, hay que hacer cierto ejercicio físico que, cuando menos, es saludable.

Los huertos colectivos fomentan la integración y colaboración entre gentes de distintas edades, razas, estamentos sociales, etc.; acogen actividades para el desarrollo de personas con discapacidades o con riesgo de exclusión social (en la Eupla, cedemos nuestro pequeño huerto y el invernadero a dos asociaciones -Adispaz, Tesela- para que cultiven sus hortalizas y podemos asegurar que resulta muy gratificante ver como estos jóvenes disfrutan recolectando sus verduras, en un alarde de superación personal). También contribuyen a reducir el estrés en estos tiempos de velocidades de vértigo y a fomentar la colaboración y el respeto hacia los demás.

Es importante, que además de cultivar hortalizas, seamos conscientes de que los productos obtenidos deben destinarse al autoconsumo y al obsequio a familiares y amigos, nunca a la venta.

Finalmente, conviene realizar un aprendizaje previo de las técnicas de cultivo para saber afrontar las distintas tareas, desde la siembra, fertilización, riego, protección de cultivo y recolección hasta la gestión del residuo que queda al finalizar las cosechas. Si se anima a cultivar sus hortalizas, disfrute en la realización de las distintas tareas y, sobre todo, al degustar los frutos de su esfuerzo. Salud.

 


Javier Lorén Zaragozano.

Presidente COITA. Profesor EUPLA